lunes, 13 de agosto de 2018

El verdadero enemigo

El verdadero enemigo
! Es imposible ser amigo de su enemigo cuando su mente es su propio enemigo.!
Los cristianos solemos hablar del enemigo, y hasta pedimos en nuestras oraciones que Dios nos libre de él. Pero, ¿Quién es este enemigo? ¿Es un enemigo físico, es quien nos hace daño? No, ni es físico ni es tampoco humano. El verdadero enemigo es la tentación, nuestras propias tentaciones cotidianas.
Pero sepamos algo en forma clara: todas las personas tenemos dentro una tendencia natural hacia el bien, un sentido de felicidad interior y plenitud que aparece cuando obramos con justicia y caridad. Sin embargo, nuestra naturaleza humana imperfecta, herencia de la caída de los primeros padres, Adán y Eva, nos inocula también una desviación permanente hacia el mal, en forma de tentación. Esta actúa como agua que orada y orada nuestro interior. Cuando caemos y hacemos el mal, aparece lo que muchos llaman la conciencia, que es en realidad nuestro natural sentido del bien, y nos genera una culpa que marca claramente que algo no está bien. Todos tenemos conciencia, hasta el peor asesino o criminal.
Justo injusto Esta batalla interior que libramos a diario, y que sólo termina con la muerte, es la que produce la luz o la oscuridad en nuestra alma. Cuando ganamos esas luchas diarias contra la tentación y nos abstenemos de caer, vamos dando luz a nuestro interior. Y cuando caemos sin siquiera luchar, o lo que es peor, sin siquiera reconocer que debemos luchar, vamos oscureciendo nuestra alma más y más. El riesgo es dañarla tanto que llegado un punto esté como muerta, mas allá de que sigamos vivos en nuestros cuerpos. Una conversión es, sin dudarlo, una resurrección del alma, vistas las cosas de este modo.
La lucha interior contra el verdadero enemigo, nuestra propia tentación, debe ser el principal campo de batalla del esfuerzo cotidiano en defensa del bien. Cuando los cristianos nos confundimos y creemos que el enemigo es nuestro hermano que no está en el camino de la fe, o no practica la religión, o nos hace daño, caemos en un tremendo error que oscurece nuestra alma. Caemos en un pecado de falta de caridad.
Muchas veces somos ofendidos, insultados, perseguidos, menospreciados, humillados, lastimados. En nuestro interior crece un sentimiento de indignación y un deseo de contestar, replicar, mostrar nuestro sentimiento encarnecido. ¿Cuál es el verdadero enemigo allí? ¿La persona que nos hiere? El enemigo es nuestra ira, nuestro resentimiento. Sin dudas que la tentación actúa dentro de nosotros para que reaccionemos, empujándonos a caer en el mismo pecado que quien nos hiere, o a veces en uno peor, porque la formación o educación del otro puede ser muy inferior a la nuestra. Por la parábola de los talentos sabemos que Dios puede ver como menos grave el pecado de quien nos agrede, que el nuestro, ya que fuimos educados en la caridad y misericordia hacia el prójimo. En cualquier caso, sólo Dios ve en los corazones para poder juzgar con justicia.
Callar, tolerar, comprender, no replicar, son caminos fundamentales para no caer en las garras del enemigo interior, la tentación. Temer a uno mismo es una clave de crecimiento espiritual. Cuidemos de no caer en la tentación de la ira y el odio, el rencor y la venganza, Dios hará el resto.
¿A quien temo más?. ¿Quién más que uno mismo es responsable del cuidado de la propia alma?. Siendo así, debemos temer a nosotros mismos, a nuestros impulsos y reacciones, antes que a nuestro prójimo. Con amor curamos todas las heridas, las de nuestros hermanos, pero las nuestras también.

sábado, 9 de junio de 2018

QUIENES SOMOS PARA CONDENAR-

NOSOTROS QUE NOS DECIMOS CATOLICOS,                                                                                   QUIENES SOMOS PARA JUZGAR:                                                                                                          QUIEN ERES TU PARA JUZGAR.                                                                                                              QUIEN SOY YO Y TU PARA JUZGAR
Juzgar a los demás es un comportamiento propio de los que no son salvos, aquellos que verdaderamente nunca han tenido un encuentro verdadero con Dios ni mucho menos han tenido a Cristo como su Salvador espiritual. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5.17). En otras palabras, debe haber un cambio de corazón, arrepentimiento y de actitud para todo aquel que ha recibido a Cristo en su corazón. Cuando somos nuevas creaturas en Cristo, el Espíritu Santo nos hace sentir cuando estamos mal y luchamos para andar agradable a Dios. En otras palabras, no podemos darnos el lujo de volver a la vieja naturaleza de donde Dios nos sacó. La vieja naturaleza no debe reinar en nuestras vidas más. Juzgar a los demás no es una actitud apropiada de los auténticos creyentes que aman a Dios en espíritu y en verdad. Jesús mora en los corazones de Sus Hijos, por consiguiente, somos el templo del Espíritu Santo. En nuestro templo (corazón), no debe habitar intrigas, chismerías, contiendas, envidia, vanagloria, hipocresía ni nada que pueda contristar el Espíritu Santo que habita en nuestro corazón. Todas críticas negativas que se levanten en contra de tu prójimo, deben ser canceladas en la nueva naturaleza.
Mis preguntas son las siguientes: ¿Quién eres tú para juzgar? ¿Eres juez? “Dios es el Único juez. Él nos dio la Ley, y es el Único que puede decir si somos inocentes o culpables. Por eso no tenemos derecho de criticar a los demás” (Santiago 4.12 Traducción en lenguaje actual). Hay juicios para todo aquel que se dedica a juzgar al hermano, eso no lo digo yo, lo dice el Señor: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido” (Mateo 7.1-2 Nueva Versión Internacional (NVI).
“Pero tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú también, ¿por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el Tribunal de Cristo. De manera que cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí” (Romanos 14.10-12 ;Reina-Valera 1960 (RVR1960). En esta lectura bíblica de romanos, Dios no se dirige a las personas del mundo, Él se está dirigiendo a los “creyentes” y reprende a base de preguntas a los “cristianos” que se encuentran dentro de la iglesia criticando y llevando deserciones. Según el apóstol Pablo en romanos nos dice que todos vamos a estar presente en el Juicio Final y EL JUEZ por Excelencia, nuestro Padre Celestial, nos juzgará. En El LIBRO DE LA VIDA, Dios redacta TODO lo que hacemos, tanto bueno como malo, por tanto andemos en la luz de Cristo.
Los “creyentes” que se las pasan metiendo las narices en los asuntos de los demás, llevando y trayendo, de nada sirven para el Reino de Dios, porque en vez de llevar frutos traen oscuridad y división. Cristo es Luz, y Sus Hijos deben llevar luz de esperanzas y ánimo al cansado. “Pero si andamos en Luz, como Él está en Luz, tenemos comunión unos con otros, y la Sangre de Jesucristo Su Hijo nos limpia de todo pecado”. Si decimos que tenemos comunión con Él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad” (1 Juan 1:6). “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros” (1 Juan 1.10). “Si confesamos nuestros pecados, Él es Fiel y Justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Todavía estás a tiempo para cambiar y andar en la Luz de Cristo. Dios es Luz, y no hay tinieblas en Él por tanto, andemos en Su Luz.
CITA BIBLICA JUAN.21.20-25 "20.Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» 21.Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» 22.Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.» 23.Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: « No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga.» 24.Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. 25.Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran." (lo que tu sepas,veas,te molesta te irrita,tienes algo perturbador sea en la politica,en el hogar,en los estudios,trabajo,etc,etc. QUE TE IMPORTA TU SIGUEME:
El se levantó y lo siguió. Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".
http://w2.vatican.va/…/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum… La meta de la apologética cristiana es eliminar los obstáculos que se interponen entre una persona y la cruz de Cristo.
El término griego apología, del cual proviene la palabra apologética que nosotros usamos, se usa para describir una justificación, como se aplica en una defensa legal o argumentación. Apologética es la ciencia teológica que tiene como propósito la explicación y defensa de la religion cristiana; significa, en su sentido amplio, una forma de apología (defensa o alabanza de alguien) ( http://ec.aciprensa.com/wiki/Apolog%C3%A9tica ) Si tenemos que defender nuestra doctrina pero sin caer en el ! FANATISMO RELIGIOSO.!
como nos lo enseña la doctrina social de la iglesia.
Diversidad religiosa
La diversidad religiosa ha sido parte de mi biografía personal desde la infancia. Para mí el "hermano separado" nunca ha sido un enemigo ni sólo un extraño que llama a la puerta. Ha sido, más bien, alguien de la familia, un compañero de la escuela o del trabajo e, incluso, un amigo entrañable.
Sus nombres aparecen en alas del recuerdo: Silvia, Javier, Ángel, Lidia, Rosa Isela, Carlos… personas entrañables por quienes siento un afecto especial.
Creo que eso ha influido en mi acercamiento a la Apologética, que consiste en dar una respuesta a quien nos pide razón de lo que creemos y esperamos, haciéndolo con sencillez y respeto (cfr. 1Pedro 3, 15-16).http://es.catholic.net/…/a…/56990/cat/8/-la-apologetica.html

Para la defensa de la fe
La Apologética es una disciplina teológica practicada desde los albores de la Iglesia para la defensa de la fe. Esencialmente respondía a injustas acusaciones que le hacían a la Iglesia desde distintos ámbitos. Los Padres apostólicos la practicaron, aunque la cultivaron más explicitamente los Padres apologistas. Su época es especialmente interesante, porque estos hombres tuvieron que hacer frente a graves peligros, que amenazaban—cada uno a su modo—la existencia misma de la Iglesia.
Un doble peligro, de carácter externo, está representado por el rechazo del Evangelio por parte de los judíos y por las cruentas persecuciones de las autoridades civiles.
Frente a las falsas acusaciones de que eran objeto -ateísmo, ser enemigos del género humano, y otras de más baja ralea-, los cristianos responden con el ejemplo de su vida y la grandeza de su doctrina. Algunos de ellos, bien preparados intelectualmente, toman la pluma y escriben extensas apologías -a veces dirigidas a los mismos emperadores- con la finalidad de confutar esas acusaciones calumniosas. Brillan los nombres de San Justino, de Atenágoras, de Teófilo…, entre otros muchos.
Otro peligro -más insidioso, y mucho más grave- fue la aparición de herejías en el seno de la Iglesia. Se trata fundamentalmente de dos errores: el gnosticismo y el montanismo. Mientras el primero es partidario de un cristianismo adaptado al ambiente cultural-religioso del momento -y, por tanto, vaciado de su contenido estrictamente sobrenatural-, los montanistas predicaban la renuncia total al mundo. Uno y otro error organizaron una propaganda muy eficaz y amenazaron gravemente la fe y la existencia misma de la Iglesia fundada por Cristo. El montanismo ponía en peligro su misión y carácter universales; el gnosticismo atacaba su fundamento espiritual y su carácter religioso, y fue con mucho el más peligroso.
En estas circunstancias, el Espíritu Santo -que asiste invisiblemente a la Iglesia, según la promesa de Cristo, y le asegura perennidad en el tiempo y fidelidad en la fe- suscitó hombres de inteligencia privilegiada que, empuñando las armas de la razón, con un análisis cuidadoso de la Sagrada Escritura, hicieron frente a estos errores y mostraron el carácter "razonable" de la doctrina cristiana. Comenzaba de este modo el quehacer propiamente teológico, que tantos frutos daría en la vida de la Iglesia.
Entre estos Padres y escritores destaca San Ireneo de Lyon, que reúne en su persona las tradiciones de Oriente y Occidente; luego, en Oriente, Clemente Alejandrino, Orígenes, y San Gregorio el Taumaturgo; en la Iglesia de Roma, Minucio Félix y San Hipólito; finalmente, en torno a Cartago, en el norte de Africa, Tertuliano, San Cipriano y Lactancio.
Apologética: explicación de la fe
Ahora, los Obispos de América Latina y El Caribe nos invitan a realizar una apologética renovada:
«Hoy se hace necesario rehabilitar la auténtica apologética que hacían los padres de la Iglesia como explicación de la fe. La apologética no tiene porqué ser negativa o meramente defensiva per se. Implica, más bien, la capacidad de decir lo que está en nuestras mentes y corazones de forma clara y convincente, como dice san Pablo “haciendo la verdad en la caridad” (Ef. 4, 15). Los discípulos y misioneros de Cristo de hoy necesitan, más que nunca, una apologética renovada para que todos puedan tener vida en Él» (Documento de Aparecida, 229)

LOS CONCILIOS

Los concilios
Concilio (del latín concilium) es una reunión o asamblea de autoridades religiosas (obispos y otros eclesiásticos) generalmente efectuada por la Iglesia Católica u Ortodoxa, para deliberar o decidir sobre las materias doctrinales y de disciplina.
Los más importantes son los llamados concilios ecuménicos. Un concilio ecuménico es una asamblea celebrada por la Iglesia Católica con carácter general a la que son convocados todos los obispos para reconocer la verdad en materia de doctrina o de práctica y proclamarla. Ecuménico, proviene del latín oecumenicum, traducción a su vez del griego οἰκουμένoν, que significa (mundo) habitado.
El más antiguo concilio fue convocado por San Pedro, en Jerusalén, hacia el año 50, y relevó a los paganos convertidos al cristianismo de las observancias judáicas. Los siguientes son numerados del I al XXI, y se dividen en dos grupos: griegos y latinos, según hayan tenido lugar en Oriente u Occidente. Los concilios griegos fueron convocados por los emperadores de la época, que los presidieron, generalmente. Los concilios latinos fueron convocados por los papas.
Los concilios de la Iglesia Católica Romana, deben ser convocados por el Papa y presididos por él o por un delegado suyo, y en él habrán de estar representados la mayoría de los obispos de las provincias eclesiásticas. Para la validez de sus acuerdos es precisa, como condición sine qua non, la sanción del Sumo Pontífice Romano.
Se consideran los más importantes de ellos:
Griegos
Nicea I
Del 20 de mayo al 25 de julio de 325, convocado por el emperador romano Constantino I, que estuvo presente, y presidido por el Obispo Osio de Córdoba, que actuó en representación del Papa. Formuló la primera parte del Símbolo de fe, conocido como el Credo Niceno, definiendo la divinidad del Hijo de Dios, y se fijaron las fechas para celebrar la Pascua.
Constantinopla I
Entre mayo y julio de 381, convocado por el emperador romano Teodosio I y presidido sucesivamente por el Patriarca de Alejandría Timoteo, el Patriarca de Antioquía Melecio, el Patriarca de Constantinopla Gregorio Nacianceno, y su sucesor el Patriarca de Constantinopla Nectario. El Papa Dámaso no mandó representación.
Formuló la segunda parte del Símbolo de Fe, conocido como el Credo Niceno Constantinopolitano, definiendo la divinidad del Espíritu Santo. Se condenó a los seguidores de Macedonio I de Constantinopla, por negar la divinidad del Espíritu Santo (Macedonianismo).
Calcedonia
Del 8 de octubre al 1 de noviembre de 451, convocado por el emperador romano de oriente Marciano, y presidido por el Patriarca de Constantinopla Anatolio. El Papa, mandó como su representante personal al Obispo Pascanio. Proclamó a Jesús Cristo como totalmente divino y totalmente humano, dos naturalezas en una persona.
Rechazó la doctrina del monofisismo, originándose la escición de las Iglesias que sí lo aceptan: las antiguas iglesias orientales, como la Iglesia Ortodoxa Copta, la Iglesia Apostólica Armenia, la Iglesia Ortodoxa Siríaca y la Iglesia Ortodoxa Malankara, de la India.
Latinos
Letrán I
Fue convocado por el Papa Calixto II en diciembre de 1122, inmediatamente después del Concordato de Worms que puso fin a la querella de las investiduras; aboliéndose el derecho, que reclamaban los príncipes, a investir dignidades y tener beneficios eclesiásticos. Finalizó en 1123.
Letrán IV
Fue convocado bajo la autoridad del papa Inocencio III en 1215, para condenar varias herejías: de los Albingenses, de los Valdenses, del Abad Joaquín de Fiori, y otras. Se elaboró un credo más extenso, contra los Albigenses.
Trento
Convocado por Pablo III (1545-1563) para tratar el tema de la escisión de la Iglesia por la reforma protestante. También se ocupó de muchos temas doctrinales, morales, y disciplinares. Se decretó sobre la Justificación, los Sacramentos, la Eucaristía, el Canon de la Sagradas Escrituras y otros temas, con variadas disposiciones disciplinares. Se condenaron los errores de Lutero y otros autodenominados reformadores. Fue el concilio más largo y en el que se promulgaron más decretos dogmáticos.
Vaticano II
Convocado por Juan XXIII (1962-1965) que presidió la primera etapa, hasta otoño de 1962; las tres sesiones siguientes fueron convocadas y presididas por Pablo VI, su sucesor. Fue un concilio pastoral, no dogmático.
Los XXI concilios ecuménicos son los reconocidos por la Iglesia Católica Apostólica Romana.

viernes, 4 de mayo de 2018

MIS AMIGOS Y HERMANOS





LA IGLESIA EN LA HISTORIA

LA IGLESIA EN LA HISTORIA.
                                                                                                                                                                                   La Iglesia continúa manteniendo la presencia de Cristo en la historia humana; obedece al mandato apostólico, pronunciado por Jesús antes de ascender al Cielo: «Id y enseñad a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñadles a observar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). En la historia de la Iglesia se encuentra, por tanto, un entrelazarse, a veces difícilmente separable, entre lo divino y lo humano. En efecto, proyectando una mirada a la historia de la Iglesia, hay aspectos que sorprenden al observador, incluso al no creyente: a) la unidad en el tiempo y en el espacio (catolicidad): la Iglesia Católica, a lo largo de dos milenios, ha permanecido siendo el mismo sujeto, con la misma doctrina y los mismos elementos fundamentales: unidad de fe, de sacramentos, de jerarquía (por la sucesión apostólica); además, en todas las generaciones ha reunido hombres y mujeres de los pueblos y culturas más diversos y de zonas geográficas de todos los rincones de la tierra; b) la acción misionera: la Iglesia, en todo tiempo y lugar, ha aprovechado cualquier acontecimiento y fenómeno histórico para predicar el Evangelio, también en las situaciones más adversas; c) la capacidad, en cada generación, de producir frutos de santidad en personas de todo pueblo y condición; d) un llamativo poder de recuperación ante crisis, a veces de mucha gravedad. El poder político romano vio en el cristianismo un peligro, por el hecho de que este último reclamaba un ámbito de libertad en la conciencia de las personas respecto a la autoridad estatal; los seguidores de Cristo tuvieron que soportar numerosas persecuciones, que condujeron a muchos al martirio: la última, y la más cruel, tuvo lugar a inicios del s. IV por obra de los emperadores Diocleciano y Galerio. En el año 313 el emperador Constantino I, favorable a la nueva religión, concedió a los cristianos la libertad de profesar su fe, e inició una política muy benévola hacia ellos. Con el emperador Teodosio I (379-395) el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano. Mientras tanto, a finales del s. IV los cristianos eran ya la mayoría de la población del imperio romano. En el s. IV la Iglesia tuvo que afrontar una fuerte crisis interna: la cuestión arriana. Arrio, presbítero de Alejandría, en Egipto, sostenía teorías heterodoxas, por las cuales negaba la divinidad del Hijo, que sería, en cambio, la primera de las criaturas, aunque superior a las demás; la divinidad del Espíritu Santo era también negada por los arrianos. La crisis doctrinal, con la que se entrecruzaron frecuentemente intervenciones políticas de los emperadores, turbó a la Iglesia durante más de 60 años; fue resuelta gracias a los dos primeros concilios el primero de Nicea (325) y el primero de Constantinopla (381), en los cuales se condenó el arrianismo, se proclamó solemnemente la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo, y se compuso el Símbolo Niceno Constantinopolitano (el Credo). El arrianismo sobrevivió hasta el s. VII porque los misioneros arrianos lograron convertir a su credo a muchos pueblos germánicos, que sólo poco a poco pasaron al catolicismo. En el s. V hubo, en cambio, dos herejías cristológicas, que tuvieron el efecto positivo de obligar a la Iglesia a profundizar en el dogma para formularlo de modo más preciso. En el 476 cayó el Imperio Romano de Occidente, que fue invadido por una serie de pueblos germánicos, algunos arrianos, otros paganos. El trabajo de la Iglesia en los siglos sucesivos fue el de evangelizar y contribuir a civilizar a estos pueblos, y más adelante a los pueblos eslavos, escandinavos y magiares. A finales del s. VIII se institucionalizó el poder temporal del papado (Estados Pontificios), que ya existía de hecho desde finales del s. VI, surgido para suplir el vacío de poder creado en la Italia central por el desinterés del poder imperial bizantino, nominalmente soberano en la región, pero de incapaz de proveer a la administración y defensa de la población. En la noche de Navidad del año 800 se restauró el imperio en Occidente (Sacro Imperio Romano): el papa coronó a Carlomagno en la basílica de San Pedro; nació así un estado católico con aspiraciones universales, caracterizado por una fuerte sacralización del poder político, y un complejo entrelazarse de política y religión, que durará hasta 1806. En el año 1054, el patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, realizó la definitiva separación de los griegos de la Iglesia Católica (Cisma de Oriente): fue el último episodio de una historia de fracturas y disputas iniciada ya en el s. V, y debida en buena medida a las graves interferencias de los emperadores romanos de oriente en la vida de la Iglesia (cesaropapismo). Este cisma afectó a todos los pueblos dependientes del patriarcado, y hasta ahora afecta a búlgaros, rumanos, ucranianos, rusos y serbios En los s. XIII y XIV se asiste al apogeo de la civilización medieval, con grandes realizaciones teológicas y filosóficas (la escolástica mayor: san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, san Buenaventura, el beato Duns Scoto), literarias y artísticas. Por lo que se refiere a la vida religiosa es de gran importancia la aparición, a inicios del s. XIII, de las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos, etc.). La Edad Moderna se abre con la llegada de Cristóbal Colón a América, evento que junto a las exploraciones en África y Asia dio comienzo a la colonización europea de otras partes del mundo. La Iglesia aprovechó este fenómeno histórico para difundir el Evangelio en los continentes extra europeos. La Reforma Protestante tiene la grave responsabilidad de haber roto la milenaria unidad religiosa en el mundo cristiano-occidental, causando el fenómeno del confesionalización, es decir la separación social, política y cultural de Europa y de algunas de sus regiones en dos campos: el católico y el protestante. La Iglesia Católica, aunque asolada por la crisis y por la defección de tantos pueblos en unos pocos decenios, supo encontrar energías insospechadas para reaccionar y comenzar a realizar una verdadera reforma: este proceso histórico ha tomado el nombre de Contrarreforma, cuyo culmen es la celebración del Concilio de Trento (1545-1563), en el cual se proclamaron con claridad algunas verdades dogmáticas puestas en duda por los protestantes (canon de las Escrituras, sacramentos, justificación, pecado original, etc.), y se tomaron también decisiones disciplinares que robustecieron e hicieron más compacta a la Iglesia (por ejemplo la institución de los seminarios y la obligación de residencia en la diócesis para los obispos). El otro enemigo con el que se encontró la Iglesia en el s. XVIII fue la ilustración, un movimiento en primer lugar filosófico, que tuvo gran éxito entre las clases dirigentes: tiene como fondo una corriente cultural que exalta la razón y la naturaleza, y al mismo tiempo realiza una crítica indiscriminada a la tradición. La Revolución Francesa, que empezó con la decisiva aportación del bajo clero, derivó rápidamente hacia actitudes de galicanismo extremo, llegando a producir el cisma de la Iglesia Constitucional, y a continuación asumiendo tonos claramente anticristianos (instauración del culto al Ente Supremo, abolición del calendario cristiano, etc.), hasta llegar a una cruenta persecución de la Iglesia (1791-1801): el papa Pío VI murió en el 1799 prisionero de los revolucionarios franceses. La subida al poder de Napoleón Bonaparte, hombre pragmático, trajo la paz religiosa con el Concordato de 1801. Benedicto XV se enfrentó a la tempestad de la Primera Guerra Mundial, logrando mantener una política de imparcialidad entre los contendientes, y desarrollando una actividad humanitaria a favor de los prisioneros de guerra y la población afectada por la catástrofe bélica. Pío XII tuvo que afrontar la terrible prueba de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual actuó de diversos modos para salvar de la persecución nacionalsocialista a cuantos hebreos fuera posible

LA IGLESIA DE JESUCRISTO

LA IGLESIA DE JESUCRISTO La Iglesia es una Sociedad Religiosa Universal.-

Todo el mundo sabe que existe una sociedad religiosa, cuyo fin es dar culto al verdadero Dios y a Jesucristo, su divino Hijo. Esta Sociedad es la Iglesia. Nadie ignora que el Jefe Supremo de la Iglesia es el Papa, que reside en Roma, en la Ciudad del Vaticano. También es público y notorio que la Iglesia tiene miembros repartidos por todas las naciones del mundo. Precisamente por eso se la llama Iglesia Católica o Universal, y a sus miembros se les denomina Católicos. Se sabe también que esta Iglesia enseña una doctrina, la «Doctrina Cristiana», que su Fundador, Jesucristo, le mandó conservar y predicar por todo el mundo; que posee unos medios de Santificación, llamados Sacramentos, y que los encargados de enseñar esa Doctrina y administrar esos Sacramentos son los Obispos y los Sacerdotes. La inmensa mayoría de las gentes no saben de la Iglesia más que estas generalidades. Tú, que aspiras a ser cristiano culto, debes saber de la Iglesia más de lo que sabe esa inmensa mayoría. La verdadera Iglesia de Jesucristo ha tenido una preparación, a saber: la Iglesia primitiva o patriarcal y la Iglesia judaica o de Moisés. Primeramente fueron los Patriarcas los que tributaron culto al verdadero Dios. La religión primitiva o patriarcal conocía la existencia de Dios y de los ángeles, el pecado original, las promesas de un Redentor y otros dogmas fundamentales. Los hombres se fueron apartando poco a poco del culto al verdadero Dios y adorando a los ídolos, por lo cual el Señor escogió a un pueblo, el pueblo hebreo, para que fuese depositario de las promesas del Redentor y le tributase el culto de adoración que Él sólo merecía. Para eso llamó a Abrahán y le dijo: «Deja la casa de tu padre y ve a la tierra que yo te indicaré, porque te voy a haber padre de un gran pueblo» (Génesis 12, 1-2). Algún tiempo después ordenó a Moisés libertar al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, y le dio instrucciones para organizar el culto. La Moral mosaica era más perfecta que la de los primitivos patriarcas, pues comprendía el Decálogo o diez mandamientos dados por Dios a Moisés y otros preceptos derivados del mismo. Jesucristo es el «Hijo de Dios hecho hombre, que nació de la Virgen María». Vino al mundo para redimirnos del pecado y libramos de la muerte eterna. Según habían anunciado los patriarcas y profetas. Para fundar (SI O NO.) esta su Iglesia, Jesucristo escogió doce Apóstoles, a quienes confió su divina doctrina; completó la Moral del Decálogo con el famoso Sermón de la Montaña; e instituyó los siete Sacramentos y el Sacrificio de la Misa, que son los más excelentes medios de que pueden disponer los hombres para santificarse y alcanzar la Gloria. Antes de su Ascensión a los Cielos envió a sus Apóstoles a predicar el Evangelio por todo el mundo, a bautizar a todas las gentes y a gobernar a todos los hombres para llevarlos a la Vida Eterna: «Id por todo el mundo; predicad el Evangelio a toda criatura; bautizadlos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (San Marcos 16, 15 y San Mateo 28, 19). Jesús cumplió su palabra de estar con la Iglesia hasta el fin de los tiempos. En efecto: desde la fundación de la Iglesia, Jesús está presente en ella
Por el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y el Santo Sacrificio de la Misa, en el que Jesús es a la vez Sacerdote y Víctima.
Por la Gracia que comunica a los demás Sacramentos, de los que Él es Ministro Principal. Por la Fe, la Esperanza y la Caridad, las tres virtudes teologales, que son como el alma de la Iglesia. Por medio de la Jerarquía eclesiástica; sobre todo, por el Papa, que es Vicario de Jesucristo en la tierra. Finalmente, Jesucristo está presente en la Iglesia, dándole fuerzas para vencer los innumerables obstáculos que se opusieron a su pacifico desarrollo en el mundo, desde su aparición hasta nuestros días. Jesús había prometido varias veces a los Apóstoles que les enviaría el Espíritu Santo. En el Sermón de la Cena se lo dijo hasta tres veces (14, 15 y 16 del Evangelio de San Juan) Antes de subir Jesús a los Cielos mandó a los Apóstoles permanecer en Jerusalén esperando la venida del Espíritu Santo que los había de bautizar y confirmar con su divina virtud: «Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días» (Hechos 1, 5). Al subir Jesucristo a los cielos quedaron reunidos en el Cenáculo, en espera del tantas veces prometido Espíritu Santo, los once Apóstoles, presididos por Pedro y acompañados de la Santísima Virgen y de las piadosas mujeres que acompañaron a Jesús durante su vida pública. Ante la predicación y los milagros de los Apóstoles, y la vida santa de los primitivos cristianos, se obraban continuas y numerosas conversiones entre los judíos de Jerusalén y ciudades limítrofes, con lo que la primitiva Iglesia se iba extendiendo considerablemente. Este progreso de la Iglesia movió al Sanedrín a poner en prisión a los Apóstoles y a ordenarles terminantemente que no predicaran la doctrina de Jesús. Pero los Apóstoles contestaron con valentía: «Hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres»; y siguieron predicando sin cesar. La vida de los primitivos cristianos era de unión, caridad y oración. (Hechos 2, 44 y 47). Jesús había anunciado repetidas veces a sus discípulos que sufrirían persecuciones a causa de su nombre. El primer gran obstáculo que se opuso al desarrollo del Cristianismo en el mundo fueron las persecuciones, que por espacio de casi tres siglos ensangrentaron el Imperio Romano. Jesucristo las había anunciado cuando dijo a los Apóstoles: «Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (San Juan 15, 20). «Va a venir un tiempo en que quien os matare se persuada hacer un obsequio a Dios» (San Juan 16, 2); «pero tened confianza: Yo he vencido al mundo» (San Juan 16, 33). Se emplearon contra los cristianos los más diversos y horribles instrumentos de martirio: la pez y el aceite hirviendo, la hoguera, las fieras del circo, la crucifixión, etc.

! QUE ES UNA ARQUIDIOCESIS EN LA IGLESIA CATOLICA.!



Arquidiócesis
Diócesis
En la Iglesia católica de rito romano la archidiócesis o arquidiócesis (archi- y arqui- provienen del griego y significan 'ser el primero') es una diócesis con un rango superior a las convencionales. El título es un nombre honorífico y de él se deduce que el obispo titular sea denominado arzobispo. En las Iglesias orientales católicas, las arquidiócesis se denominan archieparquías.
La arquidiócesis suele presidir sobre un grupo de diócesis de una región, las cuales son conocidas como "sufragáneas", pero la incidencia del arzobispo en la vida de dichas diócesis es más de preeminencia que de injerencia, a menos que existan razones de fuerza mayor para ello como la imposibilidad de un obispo a regir la vida de su diócesis. No todas las archidiócesis tienen diócesis sufragáneas (por ejemplo, la Archidiócesis Castrense de España, no tiene porque no es una arquidiócesis territorial). 
Por lógica, el obispo recibe el título de arzobispo y éste constituye un cuerpo administrativo que dirige la labor eclesial de la archidiócesis. El arzobispo es nombrado solo por el papa y está bajo supervisión directa de este (a diferencia de los obispos convencionales) De las 629 arquidiócesis existentes en septiembre de 2011, 547 son metropolitanas. 
Las arquidiócesis metropolitanas fueron creadas en el siglo V en la capital de cada provincia del Imperio romano, siendo su jefe un arzobispo metropolitano. Cada arquidiócesis metropolitana es cabeza de una provincia eclesiástica, la cual comprende normalmente otras jurisdicciones, llamadas sufragáneas de la arquidiócesis metropolitana.
En las Iglesias orientales católicas, existen 4 archieparquías que encabezan las 4 Iglesias archiepiscopales mayores:
Archieparquía Mayor Emakulam - Angamaly, de la Iglesia católica siro-malabar.
Archieparquía Mayor de Fagaras y Alba Iulia, de la Iglesia greco-católica rumana.
Archieparquía Mayor de Kiev-Halich, de la Iglesia greco-católica ucraniana.
Archieparquía Mayor de Trivandrum, de la Iglesia católica siro-malankara. El Decr. ChristusDominus del Conc. Vaticano II define a la diócesis (v.) como «una porción del Pueblo de Dios que se confía a un obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que, unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una iglesia particular, en que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es una, Santa, Católica y apostólica» (n. 11).
Según el Derecho Canónico (372 y 374). Como regla general, la porción del pueblo de Dios que constituye una diócesis u otra Iglesia particular debe quedar circunscrita dentro de un territorio determinado, de manera que comprenda a todos los fieles que habitan en él.Toda diócesis o cualquier otra Iglesia particular debe dividirse en partes distintas o parroquias.
Las arquidiócesis es en realidad una diócesis como las otras, internamente hablando funcionan del mismo modo, sin embargo agrupa a su alrededor a otra diócesis menores o más recientes que son llamadas diócesis sufragáneas (subordinadas). Esto no quiere decir que estas diócesis sufragáneas dependan de la archidiócesis para efectos de jurisdicción sino que como la Iglesia al ser jerárquica todos los conjuntos se armonizan de manera piramidal y va subiendo hasta la cima que sería el Santo Padre.